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domingo, 15 de julio de 2012

El Inspector Jefe de la Brigada de Patrimonio de CNP detalla como fue la investigación del Códice Calixtino.


El nombre del ladrón ya estaba en un informe de sospechosos enviado por la policía al juez tres días después del robo.

“Teníamos otras líneas de investigación, incluso más sólidas que las que había sobre el empleado infiel”, dice el policía.

Fernández Castiñeiras fue captado dos veces por las cámaras de seguridad cerca de donde estaba guardado el libro.

“Manolo conocía dónde estaba el códice y sabíamos que había tenido las llaves de acceso a la zona”.

El electricista Manuel Fernández Castiñeiras “fue sospechoso del robo del Códice Calixtino desde el minuto uno”. Lo proclama con rotundidad Antonio Tenorio Madrona, de 57 años, licenciado en Derecho, inspector jefe de la Brigada de Patrimonio Histórico de la policía y principal artífice de la recuperación del libro del siglo XII, de valor incalculable, que fue sustraído hace un año en la catedral de Santiago de Compostela (A Coruña).

Tenorio, un asturiano de mirada cansada, se queja de que sus huesos se resienten por tres recientes operaciones, junto con las agotadoras jornadas de trabajo que la semana pasada culminaron con la detención del electricista y la recuperación del códice. Es un policía poco dado a hablar con la prensa, ni siquiera después de haberse apuntado un tanto de este calibre. “Hemos hecho lo que teníamos que hacer... y ya está”, dice casi molesto de tener que explicar cómo consiguió la resolución del caso y por qué se ha tardado exactamente un año en arrestar a un hombre que era el sospechoso número uno desde el minuto uno del partido. Un sospechoso que en realidad es un tipo introvertido, tozudo, aferrado al terruño, de vida anodina y costumbres rutinarias. Un personaje muy alejado de los delincuentes astutos, de los mafiosos sin escrúpulos, de los ladrones escurridizos o perversos a los que habitualmente se enfrenta la policía.

— ¿Por dónde empezamos? —pregunta Tenorio con cierta desgana desde la silla de su despachito del apabullante complejo policial de Canillas (Madrid).

— Pues empiece por el principio.
— Bien. Como es lógico, cuando en julio del año pasado nos enteramos del robo, se hizo una inspección ocular muy minuciosa. Se analizó el lugar de donde había sido sustraído el códice, los accesos que tenía... Lo primero que había que determinar era si el ladrón había entrado rompiendo una puerta o una ventana... Y vimos que había entrado sin violentar nada o bien con autorización o ayuda de alguien con fácil acceso a la zona. Porque hay que tener en cuenta una cosa: era excepcional que el códice se mostrara al público. Ni siquiera a los investigadores, que suelen trabajar sobre facsímiles desde hace dos años.

— Entonces sus primeros sospechosos serían los investigadores...

— Las visitas al códice están documentadas, cada persona que ha tenido acceso a él está registrada. Pero esa no fue la línea de investigación.

El robo de este viejo libro, una especie de guía de peregrinos, fue un bombazo informativo, un hecho que tuvo repercusión mundial. De modo que la presión política era inmensa y la presión sobre los policías era asfixiante. Y a los policías les gustan poco las prisas. No hay nada que agobie tanto a los policías como que alguien — el mando político — exija resultados inmediatos. Sin embargo, aguantaron el tirón, decididos a mantener a rajatabla su lema de que las prisas no son buenas. La precipitación es mala frente al mundo criminal.

La Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV), de la que depende la Brigada de Patrimonio Histórico, movilizó a sus mejores agentes. A los pocos días, estos acotaron a los sospechosos: una veintena de curas del cabildo catedralicio, empleados de la limpieza, vigilantes jurados, electricistas... y hasta el organista. Por si acaso. Cualquiera de ellos podía ser el autor del hurto o haber colaborado con él. De entrada, nadie quedaría a salvo. Como telón de fondo, había un rumor muy extendido en Santiago de Compostela: que entre los curas encargados de la custodia del sepulcro del Apóstol había diversas facciones enfrentadas a cara de perro. ¿Era este el origen o el trasfondo del audaz golpe criminal? ¿Estaríamos aquí ante una intriga tan sórdida como la que relata el novelista Umberto Eco en El nombre de la rosa?

A los policías les dio por pensar que quizá el códice jamás había salido del templo, sino que el ladrón lo tenía escondido —a la espera de que el asunto se enfriase— en un escondrijo de los muchos que hay tras el espléndido pórtico de la Gloria. Así que la Policía Científica fue movilizada para escudriñar palmo a palmo cada piedra, cada pasadizo, cada habitación, cada capilla de la catedral.

Mientras unos policías iban depurando a los sospechosos, otros se arremangaron y se dejaron las pestañas visionando una y otra vez las imágenes grabadas, durante los cuatro o cinco días anteriores al robo, por las cámaras de seguridad que hay en la zona donde se guardaba el códice. El objetivo: descubrir a un caco cuyo rostro figurase en los álbumes de la brigada, a alguien con un bulto sospechoso, a un tipo cuya actitud le delatase...

—¿En esas imágenes aparecía el hoy famoso electricista?

—Sí. Hay una secuencia del 4 de julio, de un minuto y medio de duración, en la que se le se ve en el claustro, en la zona de servicio y cerca de la puerta donde se guardaba el códice. El día 5 hay otras imágenes en la misma zona en las que se ve aparecer y desaparecer.

— En una de esas grabaciones se aprecia que el electricista viste un chaquetón bajo el que se intuye un bulto sospechoso. La cosa estaba clara desde el principio, ¿no?

— No, no, no... La cosa no es tan clara. Hay unas imágenes en las que se le ve braceando solo con un brazo, mientras el otro parece que lo lleva como encogido. ¿Pero eso adónde nos conduce?
El Sindicato Unificado de Policía (SUP), el de mayor implantación en el cuerpo, criticó hace unos días que la elitista Brigada de Patrimonio Histórico hubiera tardado todo un año en detener al presunto autor del hurto. El SUP revelaba que ya el 8 de julio de 2011 un simple policía callejero de Santiago de Compostela había redactado para su jefe una nota interna en la que apuntaba, con nombre y apellidos, contra el electricista.

La minuta, que está en poder de EL PAÍS, dice textualmente: “El policía Antonio F. R., adscrito a la UPR (Brigada Local de Seguridad Ciudadana) de esta comisaría, en relación con la reciente sustracción del códice en la catedral, pone en su conocimiento: Que un tal Manuel Fernández Castiñeiras, con domicilio en Rosalía de Castro, número 27, portal 2, 1º E, de Milladoiro, estuvo de electricista en la catedral hasta hace dos años, siendo despedido al ser sospechoso de varias sustracciones, así como por pasar facturas irregulares, no siendo denunciado.

Asimismo es de reseñar el amplio conocimiento que manifiesta tener de la catedral, así como de jactarse de tener diversas antigüedades pertenecientes a la Iglesia. Reseñar que no parece que existan ingresos en la unidad familiar, teniendo un alto nivel adquisitivo, con numerosas propiedades inmobiliarias.

Finalmente, mencionar que este sujeto está sin motivo aparente y de forma asidua en la catedral, así como al parecer desde su despido no tiene ‘mucha simpatía’ hacia la Iglesia, manifestando en ocasiones que se vengaría”.

El policía Antonio F. R., con su prosa seca y espartana, ponía así en la diana al electricista, del que facilitaba su domicilio y otros cuantos datos jugosos. ¿Qué pasó con su nota? Según fuentes de la investigación, fue trasladada a la Brigada de Patrimonio Histórico, cuyos agentes hablaron 48 horas después con ese agente, pese a que estaba de vacaciones.
El inspector jefe Tenorio, apacible y calmado, se enfurece y pierde la compostura cuando se le pregunta por este asunto y por las acres críticas vertidas por el SUP, que ha tildado su investigación de “chapuza” merecedora de una película titulada Torrente 5.

— Le digo una cosa: en el Diario de gestiones de mi brigada correspondiente al periodo comprendido entre el 7 y el 11 de julio de 2011 hay un apunte referido al electricista, en el que se dice que conoce el acceso al códice, que estuvo trabajando en la catedral hasta 2005 y que dejó de hacerlo porque estaba contratado como trabajador autónomo y él quería que le hicieran fijo. Eso suscitó un mal rollo entre él y los responsables eclesiásticos. Además, presuntamente había manipulado y alterado las condiciones de su contrato.

— ¿Significa eso que la gente de su brigada ya tenía fichado a este hombre?

— Ese mismo día 8 tomamos declaración a varias personas relacionadas con la catedral, que nos aportan información objetiva. Información como que el antiguo electricista suele ir todos los días a la catedral porque así se lo había recomendado su abogado con vistas al litigio que se planteaba por su situación laboral. Hay otra declaración en la que una persona nos confía que el deán tenía sospechas del electricista. O sea, que nosotros ya estábamos tras los pasos del electricista. Pero también aseguro que conocíamos la nota hecha por el policía del que usted habla y que, naturalmente, la tuvimos en cuenta. ¡Cómo no la íbamos a tener en cuenta! Esa minuta es un granito de arena más.

El 11 de julio, es decir, apenas seis días después de la misteriosa desaparición del códice, la Brigada de Patrimonio Histórico dio cuenta al juez José Antonio Vázquez Taín sobre 13 sospechosos y le pidió autorización para investigarlos. Lo que supone desde el pinchazo de sus teléfonos hasta su seguimiento y vigilancia y, llegado el caso, la interceptación de sus comunicaciones postales y otras medidas. Esos 13 sospechosos eran “serios candidatos” a que entre ellos estuviera el ladrón. Y uno de ellos era el electricista Fernández Castiñeiras. “Se le había visto por las inmediaciones del archivo, conocía la ubicación de la cámara blindada donde estaba guardado el códice y sabíamos que había tenido las llaves de acceso a la zona”, enumera el inspector jefe para explicar por qué este hombre estaba en la lista de los “serios candidatos”.

Dado que era uno de los que tenían más papeletas, la policía solicitó al juez el 14 de julio nuevas medidas sobre el electricista, a la vista de las imágenes grabadas por las cámaras de seguridad. A la vez, los agentes empiezan a presionarle. Le piden explicaciones para saber por qué andaba en los días calientes cerca de donde estaba guardado el códice. Y él responde secamente que no llegó a entrar en el archivo, sino que se le limitó a rezar piadosamente ante la tumba de un canónigo al que le tiene mucha fe. Así pasó julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre. Muchos meses en los que los investigadores descartan a unos sospechosos e incorporan a otros. Sin embargo, Fernández Castiñeiras era un fijo en la quiniela. Y los detectives no le quitan ojo ni de día ni de noche. Él es la pista más sólida.

A partir de enero de 2012, Tenorio se dedica en cuerpo y alma a las pesquisas del códice. Ante la sospecha de que el códice jamás hubiera salido fuera de los gruesos muros catedralicios, los policías deciden escrudriñar de nuevo cada rincón del templo. Incluso inspeccionan una a una las piezas del órgano. Al registrar la capilla de Alva, los agentes descubren un cuarto con trastos del antiguo electricista y, sobre todo, unas llaves con la etiqueta Arch cat, es decir, archivo de la catedral. O sea, el lugar de donde desapareció el códice.

— Esas llaves son un hallazgo comprometedor. Manolo no da explicaciones claras ni convincentes cuando le preguntamos por ellas. Teníamos otras líneas de investigación, incluso más sólidas, pero esas llaves colocan al electricista, al empleado infiel, en el centro de nuestras pesquisas.

— ¿Cuáles eran esas líneas de investigación que usted sostiene que eran más sólidas que las del pío electricista Fernández Castiñeiras?

— Había, por ejemplo, una persona muy vinculada a la catedral, por la que se movía como Pedro por su casa. Descubrimos que esta persona había intercambiado mensajes con otras de Suiza y Alemania en los días anteriores y posteriores al robo. ¡Con Suiza y Alemania! ¿Estaría teniendo contactos con posibles compradores del códice?

—Pues se pondrían ustedes de los nervios. Pensarían que ya habían dado con el ladrón...
—Bueno, este hombre se sentía investigado, acorralado, y nos declaró que él era inocente, aunque estaba convencido de que alguien le había metido el códice en su casa para perjudicarle. Ante esa situación, registramos su vivienda con orden judicial y lo único que encontramos fue un facsímil del Calixtino, del que se había apoderado dos o tres años antes en la catedral.

En enero pasado, la policía supo que el electricista se había interesado en la compra de una vivienda valorada en 300.000 euros. Y eso hizo saltar todas las alarmas. Con cualquier excusa, el inspector jefe Tenorio llegó a hablar hasta en 14 ocasiones con él para contrastar algún dato o ver si incurría en algún desliz. Ordenó que los agentes que le vigilaban lo hiciesen de forma ostensible, echándole el aliento en la nuca, para que se sintiera presionado o cercado.

Sin embargo, transcurrían los meses y Manolo Fernández Castiñeiras no daba ni un paso en falso. Seguía con su rutina habitual: de casa, a misa a la catedral; de la misa, al café de costumbre, y del café, a su casa. A principios del presente mes de julio, la investigación estaba en punto muerto, no daba más de sí. No iba ni para delante ni para atrás. La policía y el juez Vázquez Taín acordaron echar un órdago: detener al electricista... y confiar en el apóstol Santiago.

Fernández Castiñeiras fue arrestado la semana pasada. Durante muchas horas negó ser el autor del robo. Finalmente, el manuscrito fue descubierto en una bolsa de plástico en un trastero-garaje del número 5 de la calle Da Cruxa, en Milladoiro (A Coruña). ¡Bingo! El juez y los policías estuvieron a punto de romper a llorar de alegría. Ante las evidencias, el electricista no tuvo más salida que darse por derrotado y confesar: “Sí. Fui yo quien robó el libro. Me lo llevé el 4 de julio del año pasado, sobre las doce de la mañana”. También comentó que “tenía pensado devolverlo en octubre de 2014, cuando cesase el actual deán de la catedral”, José María Díaz, con el que estaba enemistado pese a que hace años eran amigos.

Cuando fue robado, el códice estaba en una caja de seguridad que tenía las llaves puestas. El electricista entró, cogió el códice y se lo llevó sin que nadie lo viera. Salió de la catedral, se tomó su habitual cafelito y depositó el libro en el maletero de su viejo Citroën Xantia. El inspector jefe Tenorio cree que luego dejó el manuscrito en el trastero y que allí lo tuvo un año.

La sorpresa fue hallar no solo el códice, sino más de un millón de euros en crudo (en metálico) en poder del electricista y más tarde otros 600.000 euros dentro de una maleta guardada en un patio comunal de su casa de Milladoiro. En total, 1.675.000 euros, cuyo origen todavía no está claro, aunque fuentes policiales sospechan que procede supuestamente de hurtos de dinero realizados a lo largo de varios años en la catedral. El detenido, austero y poco dado al dispendio, declaró: “Ese dinero era para asegurar mi futuro”. Si esa es la procedencia de semejante dineral, nadie entiende cómo los responsables de la catedral o la Iglesia no se percataron del constante saqueo. ¿Tan grande es el caudal de donativos que recibe este centro de peregrinación como para no advertir el choriceo?

—No vamos a desprestigiar a ninguna institución sobre el origen del dinero en tanto no tengamos certezas absolutas. Debemos ser prudentes y cautelosos. No alimentaremos el morbo, dice Tenorio con solemnidad.

Varios cuadernos con anotaciones manuscritas encontrados en poder del detenido están siendo analizados. Son una especie de rudimentarios libros de contabilidad. La policía confía en hallar en ellos las claves para desenmascarar el origen de la fortuna.

“La prioridad era recuperar la pieza. Por eso en este caso no se ha podido hacer una intervención rápida. Había riesgo de que el ladrón se sintiera acosado y destruyera el códice”, concluye el jefe de la brigada.


Fuente: El País