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sábado, 1 de diciembre de 2012

Expolian pecios españoles cada día en Asia y América



Ha llegado el momento de exigir que España esté a la altura de la victoria en el Caso Odyssey. No podemos conformarnos con volver a la division y la pasividad que nos llevaron al expolio, ni volver a los viejos vicios y la incuria porque, lo reconozcamos o no, todo ha cambiado.
El caso Odyssey tuvo muchos efectos dañinos. El expolio en sí y la larga y costosa batalla legal en EE.UU. Pero lo peor fue la evidencia de que los responsables culturales de España y las ComunidadesAutónomas habían dejado el patrimonio sumergido en el olvido durante décadas. Que se afanaban en conservar sus taifas y en rutinas que no conducen a ningún resultado científico relevante.
También tuvo cosas buenas, a la postre: España conoció la desventura de uno solo de sus millares de buques naufragados y eso bastó para avivar el interés por la historia naval, gracias sobre todo a la implicación de la sociedad civil, que generó una conciencia del valor y la defensa del patrimonio sumergido, exigiendo a nuestros políticos un cambio. Pero ese cambio está lejos de producirse.
Implicaría una política de miras ambiciosas. El patrimonio sigue en peligro, se expolian pecios españoles cada día en Asia y América, se siguen profanando las tumbas de nuestros héroes por la fiebre del oro de una industria que destruye la mejor historia que compartimos, mientras especula con ella en altas esferas económicas y políticas.
Ya no basta con limitarse a repartir las competencias autonómicas -lossheriff poco hacen en una sociedad abierta y menos dejan hacer-, ya no es suficiente con aceptar esa incapacidad congénita para entablar colaboraciones con la Armada o con la universidad encaminadas a la formación de arqueólogos en proyectos concretosque deberían dar a España el papel que le corresponde en la arqueología naval de época Moderna. Proyectos como el que México lidera sobre la flota de Tierra Firme, al que España fue invitada el pasado verano y declinó asistir. No, ya no nos podemos permitir tanta indolencia.
Una pequeña exposición sobre la fragata Mercedes es algo, pero es poco. Porque en tiempos de recortes se pueden hacer muchas cosas, se puedenestablecer políticas y alianzas con consecuencias prácticas. ¿A qué espera España para urdir con la Unesco, México y los demás países firmantes de la Convención de la Unesco una estrategia común que haga frente al desafío de la ley colombiana que puede permitir a los cazatesoros vender las monedas de los galeones?
¿Saben nuestras autoridades, o han querido oír al menos, lo que ocurre en Bahamas, saben que la industra cazatesoros ha emprendido una ofensiva en toda Iberoamérica, desde México hasta las islas africanas de Cabo Verde, contra la Convención de la Unesco y contra España? Prefieren encastillarse en sus repartos competenciales ante el mayor desafío que ha tenido el patrimonio subacuático, que exige la implicación activa de varios ministerios y un vuelco en la situación actual. En vez de unir esfuerzos y aprovechar las capacidades de la sociedad civil, marcan el territorio y se aíslan en su dominio burocrático del poder.
Lo que no se puede es no tener respuesta y mirar a otro lado, limitándose a cantar las maravillas pasadas de nuestros esforzados funcionarios, como ayer oímos en la presentación que hizo el director general de Bellas Artes. Muchos funcionarios lo merecen, porque se han dejado las pestañas más allá de sus obligaciones, pero no podemos olvidar a algunos, eminentes, los que firmaron permisos para que Odyssey trabajase en nuestras aguas y luego callaron, olvidaron y fueron mantenidos o ascendidos. Bailaron con lobos y lo pagamos todos. Por cierto, ¿cuánto ha costado? En un país que aspira ala transparencia democrática ya no se entiende no saber este dato pasados seis años.

No nos hemos conformado. El esfuerzo precisa que el Ministerio de Cultura lidere la defensa del patrimonio, diseñando políticas a la altura del desafío y colaborando con todos los que quieren y pueden ayudar. No es presentable alimentar el resentimiento de los arqueólogos hacia la Armada ni mostrar celos inconfesables por su visibilidad durante el litigio contra Odyssey. ¿De quién eran los barcos y de quién los muertos? La historia es de todos. Desde los despachos del poder no debe enseñarse otra cosa.

Los países que son un ejemplo hacen justo lo contrario a lo que hace España. Los responsables de Cultura lideran proyectos concretos a la medida de sus posibilidades, forman a sus arqueólgos, exigen resultados, cooperan activamente, usan los medios de sus Armadas y convocan a la sociedad civil a colaborar. Casi seis años después del expolio de Odyssey España sigue siendo para el patrimonio subacuático un lugar de opacidades, donde preferimos el sermón a los datos, un político regalando palabras antes que filmar el yacimiento donde Odyssey cometió el expolio para contemplar la cicatriz que dejaron y explicarles a los ciudadanos cómo vamos a luchar para que no vuelvan a estar abandonados nuestros naufragios.

Fuente: ABC