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domingo, 8 de julio de 2012

Por qué es tan fácil robar patrimonio en España


El robo del Códice Calixtino en la Catedral de Santiago se ha quedado en acécdota porque lo perpetró un electricista. Si lo hubiera sustraído un experto contratado por un coleccionista, no habría aparecido nunca. Como sucede con el 90% de las obras de arte que se roban en España, donde el control sobre el patrimonio es prácticamente nulo.

Por eso ni siquiera los expertos pueden establecer una cifra aproximada del dinero que mueve anualmente en nuestro país esta cultivada forma de piratería. Fuentes del Grupo de Patrimonio Histórico de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil estiman que este mercado negro puede mover entre 2.000 y 5.000 millones de euros anuales.

El recién recuperado Codice Calixtino fue tasado en seis millones de euros por una aseguradora. Sin embargo, según el medievalista y escritor José Luis Corral, autor de El Código del Peregrino (Planeta), su precio en el mercado legal no superaría los tres millones. “En el mercado negro, sería bastante inferior”, matiza.

Manuel Fernández Castiñeiras, el electricista que robó el Códice, podría haber ingresado, como mucho, un millón de euros. En su domicilio fueron hallados 1,2 millones en efectivo, según la versión policial procedentes del robo en los cepillos de la Catedral.

Carmen Martínez, arqueóloga coruñesa con más de 20 años de experiencia, denuncia que “cualquier objeto custodiado en edificios eclesiásticos se puede robar. Si te lo propones, te lo llevas muy fácil. Lo único que no te puedes llevar del patrimonio es el edificio. El expolio en iglesias rurales es constante. En los Ancares (noroeste de la provincia de León), por ejemplo, han llegado a dejar una buena parte de las iglesias sin campanas. No se sabe la razón. Quizá hayan sido coleccionistas, pero lo más probable es que se las hayan llevado para fundirlas y vender el bronce sin tener idea de su valor histórico”.

La tentación es grande. El comercio fraudulento de arte es el tercero del tráfico ilícito mundial, solo por detrás de las armas y las drogas.

“Muchos coleccionistas que adquieren obras de arte robadas tienen un perfil fetichista”, señala Corral. “Son ricos muy ricos, cultos muy cultos que saben lo que tienen entre manos. Fetichistas que desean tener la obra única que no posee nadie”.

Cuando la pieza llega a manos de un coleccionista con este perfil, “no aparece hasta que el coleccionista muere. A veces incluso disponen en su testamento que el objeto robado sea devuelto a su lugar de origen, porque son verdaderos amantes de ese objeto y lo respetan. La suerte, entre comillas, de que esas obras estén en manos de este tipo de coleccionistas, es que las conservarán de maravilla. Son sus obras, ¿no? Su nube dorada”.

Carmen Martínez lleva el tema a su terreno y habla, también, del expolio sistemático que sufren los yacimientos arqueológicos. “Todas las mámoas (monumentos funerarios del Neolítico) están expoliadas. Se llevan cacharros, monedas, armas… Es frecuente ver a buscadores que hasta usan detectores de metales. El caso más llamativo se produjo hace un par de años en Portomarín (Pontevedra), en pleno Camino de Santiago. Habían encontrado un molino incrustado en un muro. Era de la Edad de Piedra. Lo desenterraron los arqueólogos y desapareció en menos de un mes. Se lo llevaron entero”.

Este tipo de obras suelen ser robadas por terratenientes que las instalan en sus predios como objeto decorativo. Y no les salen baratas.

A principios de este año, la Policía Judicial detuvo a dos personas en la localidad de Pedro Abad con dos estatuas del siglo I, que representaban a Castor y Pólux, expoliadas del yacimiento romano de Alcurrucén. Los ladrones conocían el valor de los bronces, seis millones de euros, y ya habían localizado comprador cuando fueron detenidos.

Desde hace décadasesta población, la romana SaciliMartiarium, viene siendo expoliada por cualquiera que se acerque por allí con un saco. Y eso es común, porque la zona es rica en espárragos silvestres, así quecualquiera lleva uno a mano. El caminante se puede encontrar pequeñas piezas de alfarería o monedas de bronce de considerable valor, ya que los romanos de este municipio acuñaban sus propios sestercios. “El expolio viene de siempre. Muchas personas de Pedro Abad tienen, o han tenido, monedas o piezas del yacimiento. Y el mundo entero tiene que estar lleno de cosas de valor que se han sacado de allí”, relata Magdalena Luque, alcaldesa de la localidad cordobesa por Izquierda Unida y ex delegada provincial de Cultura.

En Pedro Abad, todo el pueblo sabe que hay chalets de la zona que adornan sus piscinas con estatuas romanas del siglo I, y eso es ilegal.

Los yacimientos al aire libre como el de Alcurrucén, los castros gallegos o las iglesias rurales semiabandonadas son los objetivos preferentes de los traficantes de arte, ya que albergan tesoros histórico artísticos que carecen de la más mínima protección. El de Alcurrucén, por ejemplo, no está declarado ni siquiera como Bien Cultural, a pesar de albergar piezas de 20 siglos de antigüedad y con un valor de mercado incalculable en su conjunto. Lo demuestran los seis millones de euros en los que los expertos tasan a los recuperados Cástor y Pólux, los Dioscuros de bronce de Pedro Abad.

El valor de estas piezas duplica, por ejemplo, al del Códice Calixtino robado en 2011 en la Catedral de Santiago de Compostela. El Códice, cierto es, no estaba demasiado bien custodiado, y se lo llevaron sin necesidad de elaborar otro plan que comprar una bolsa grande de deporte. Pero estos Cástor y Pólux estaban al aire libre, como muchas otras obras de arte que toman el fresco en los municipios de España.


Fuente: El Confidencial